Salvador Freixdo: Seres Extrahumanos
Seres extrahumanos
[Extracto de "Defendámonos de los dioses" de Salvador Freixedo
Editorial Posada ©1984]
Pero volvamos a lo que nos interesa especialmente en este capítulo, que es la descripción de las cualidades de estos seres a los que llamamos «los dioses». Si apenas podemos saber nada.d e los otros peldaños que constituyen la escalera cósmica a la que nosotros pertenecemos, menos podemos saber aún de los peldaños de aquélla a la que pertenecen los dioses.
Sin embargo, algo podemos columbrar si mantenemos abierta nuestra inteligencia y no nos dejamos convencer por lo que nos dicen las enseñanzas dogmáticas de la ciencia o de la religión. Y aquí entraremos, aunque sólo sea de pasada, en un terreno que si bien para algunos resultará totalmente irreal, para una mente despierta y que analice profundamente los hechos, resultará, por el contrario, tremendamente interesante y clave para entender muchas cosas ignoradas del Universo.
Nos referimos a la existencia de otras criaturas no humanas, inferiores en rango y en poderes a los dioses de los que venimos hablando. Nos referimos a la existencia de
«elementales» duendes, gnomos, elfos, «espíritus» y toda suerte de entidades legendarias que tanto hace sonreír a los científicos y que tanto incomoda a los religiosos: a los primeros, porque tales entidades no quieren someterse a sus pruebas de laboratorio y actúan de una manera completamente independiente de las leyes que ellos han estatuido para la naturaleza (!), y a los segundos porque les rompe todo su tinglado dogmático, dejando un poco en paños menores algunas de sus creencias fundamentales. (No incluimos entre estos seres a las clásicas hadas, porque ésta ha sido en muchísimas ocasiones, la apariencia que los dioses han adoptado para manifestarse. Los miles de «apariciones marianas» —sin excepción— no han sido otra cosa que manifestaciones de hadas, pero en un contexto cristiano).
Lo cierto es que, gústenos o no, la humanidad ha creído siempre —y sigue creyendo— que existen ciertos seres misteriosos, con un cierto grado de inteligencia y con muy diversas apariencias y actuaciones, que en determinadas circunstancias se manifiestan a los hombres. Una prueba circunstancial de la existencia (aunque sólo sea temporal) de estas misteriosas entidades, es el indiscutible hecho de que en todas las razas, en todas las culturas, en todas las épocas, en el seno de todas las religiones y en todos los continentes, los hombres han acuñado siempre una variadísima cantidad de nombres para designar las diversas clases de entidades con las que sus asombrados ojos se encontraban en las espesuras de los bosques, en las revueltas de los caminos, en lo alto de algún arbusto, junto a una fuente, en medio del mar o invadiendo la intimidad de sus hogares.
Muchos idiomas de tribus primitivas carecen casi por completo de nombres y verbos abstractos, pero sin excepción, son ricos en términos para designar a los diversos tipos de estas entidades con las que tienen más facilidad de encontrarse debido al primitivo sistema de vida y a los apartados lugares en los que de ordinario habitan. Es sumamente extraño que todos los pueblos por igual tengan tantas maneras de designar algo que no existe. Estas entidades procedentes de otras dimensiones o planos de existencia pertenecen también a otras escalas cósmicas diferentes de la humana; es decir su evolución y ascensión hacia mayores grados de inteligencia se hace por caminos diferentes, aunque en cierta manera paralelos a los de los hombres. Y ésta es posiblemente la razón de por qué en
algunas ocasiones hay una cierta tangencia de sus vidas con nuestro mundo y de las nuestras con el suyo. Los recuentos y las visiones de Mme. Blavatski pueden muy bien ser —entre muchísimas otras— un ejemplo de esto último. Podríamos llenar muchas páginas acerca de la existencia de estos misteriosos seres, pero esto nos llevaría muy lejos. Únicamente queremos dejar en la mente del lector la idea de que todo este tema es mucho más profundo de lo que la gente piensa, y por supuesto, mucho más real de lo que la ciencia cree.
(Tengo en mi poder grabaciones hechas por mí mismo en el sudeste de la República Mexicana —en donde abundan enormemente este tipo de entidades a las que allí se les suele llamar «chaneques» y «aluches»— en las que tímidas niñas campesinas me narran con toda ingenuidad, cómo podían ver todas las noches a seres de no más de un palmo de altura, divertirse enormemente en el pilón situado en la parte trasera del solar de su casa. Su gran diversión consistía en jugar y hacer ruido con la vajilla de la casa que allí estaba para ser lavada por una de las niñas. Las criaturas aparecían y desaparecían por la atarjea por donde se sumían las aguas del pilón.
Y tengo que confesarle al lector que en alguna ocasión mi vida estuvo en peligro debido a otras investigaciones y excursiones que hice en esta misma región, con la intención de observar de cerca a estos escurridizos personajes.


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