Thursday, September 10, 2015

Camp Century: Una odisea subterránea



Camp Century: Una odisea subterránea
Por Scott Corrales © 2015

Tras una larga siesta durante la década de los ochenta, la ufología se despertó sumamente cambiada. Ahora se hablaba con mucha soltura sobre reptiloides, experimentos secretos, confabulaciones entre los gobiernos de la tierra y una camarilla de enanos macrocéfalos de otro mundo, que a su vez luchaba contra “alienígenas buenos”. En fin, como si nadie recordara los guiones de la serie televisada “V”, protagonizada por Marc Singer y la inolvidable Jane Badler, las grandes dosis de ciencia-ficción administradas por la televisión y el cine desde los ’70, y más de una pizca del temor y recelo que siempre han sentido los estadounidenses hacia el gobierno federal.

Aunque cabe destacar un aspecto de este mal despertar de la ovnilogía ochentera. La obsesión por las base secretas de supuestos extraterrestres, ya fuese en la meseta de Archuleta en el oeste norteamericano, o la base alien en las profundidades de Cabo Rojo en Puerto Rico (con un mapa muy interesante que hacía recordar las instalaciones subterráneas de varias películas de James Bond) sí tenía raíces muy profundas en el mundo real. La existencia de reductos militares como Cheyenne Mountain, sede de NORAD, y Mt. Weather en el estado de Virginia era un secreto a voces que el público conocía muy bien gracias al cine. Otros, sin embargo, no se dieron a conocer hasta fechas recientes, su existencia habiéndose mantenida en secreto por largas décadas.

La más famosa de ellas es Camp Century.

Una ciudad subterránea

Desde la década de los ’30, EE.UU. había manifestado un interés activo por las regiones polares de nuestro planeta, estableciendo bases en “Little America” y Mc Murdo Sound en la Antártida y explorando las congeladas costas e islas del Océano Polar Ártico. Tras la Segunda Guerra Mundial, este interés adquirió serios matices militares, con un acentuado interés por la fría Groenlandia, posesión del reino de Dinamarca. Sería el reino danés, efectivamente, que autorizara a EE.UU. defender Groenlandia contra los nazis en la guerra, firmando un tratado para ello que permitiría el establecimiento de distintas bases. Para 1943, efectivos del ejército estadounidense comenzaron la construcción de la base aérea Thule en la planicie de Pituffik, explorada por Knud Rasmussen y reconocida por su idoneidad como pista de aterrizaje.

La derrota de Hitler y las ambiciones nazis sobre las zonas polares no representó un regreso al ‘status quo ante’, sino una intensificación de las actividad militar, esta vez dirigida contra Moscú. La situación estratégica de la base Thule y su aeródromo la hacían perfecta para un posible bombardeo de la URSS en caso de guerra – una posibilidad que se vislumbraba como una certeza en aquel entonces. Había que expandir la ocupación humana de la región y descubrir nuevas técnicas de construcción. Camp Century, al este de Thule, representaría este empeño: crear una ciudad bajo las nieves que estaría ocupada el año entero por personal militar, y civiles según fuese necesaria su presencia.



Los entusiastas de la ciencia-ficción se sentirían muy a gusto en Camp Century por su parecido inconfundible a la base Hoth de El Imperio Contraataca: elementos del ejército estadounidense se desplazaron desde Thule hacia el interior de Groenlandia, a una distancia de doscientos cincuenta kilómetros formando largas cadenas de enormes vehículos diseñados para negociar las condiciones del tiempo y a la vez proporcionar alojamiento a los militares, obreros y asesores. Para 1960 se levantaba la primera piedra en la base, las labores de construcción aligeradas por la presencia del “sol de medianoche”. Para evitar problemas de abastecimiento de combustible, el ejército instaló un reactor nuclear PM-2A del tamaño de un autobús.

Usando una fresadora de nieve fabricada en Suiza, los militares crearon profundas trincheras rematadas por planchas de metal, que a su vez serían tapadas de nieve. Según documentos oficiales “el concepto fundamental era sencillo: crear un sistema de 23 trincheras, excavadas en el casquete de hielo, y rematadas con arcos de acero y nieve. Las trincheras laterales alojarían laboratorios, instalaciones de prueba y desarrollo, habitaciones y zonas recreativas modernas, así como la infraestructura de apoyo del complejo.”


Camp Century, una vez construida, abarcaba casi dos millas de túneles de hielo, sirviendo de morada a más de doscientas personas que gozaban de un hospital, teatro, iglesia y otros lujos. El sistema de fontanería y desagüe era comparable al de cualquier ciudad. En una época en que el ser humano había conquistado la energía atómica, navegado submarinos bajo el casco polar y lanzado satélites artificiales, la ciudad bajo los polos representaba un logro más de la era nuclear, próxima a convertirse en la era espacial. Pero pocos sabían que Camp Century, cómoda bajo su blanco manto de nieve, encerraba un secreto más oscuro y acorde con la guerra fría.

El proyecto Iceworm

Conscientes de la proximidad del norte de Groenlandia a la Unión Soviética, los estrategas meditaron la posibilidad de aprovechar un total de 84,000 kilómetros cuadrados para perforar túneles de miles de kilómetros de extensión que servirían para alojar seiscientos proyectiles intercontinentales Minuteman que acabarían con el régimen de Moscú de producirse un conflicto armado. Los centros de mando en esta más que inhóspita región, distante de Camp Century, estarían a una profundidad de 8 metros y los lanzadores a profundidades aún mayores. El concepto era ingenioso – se excavarían cientos de plataformas de lanzamiento y no todas ellas contendrían cohetes. Adivinar el lanzador correcto sería un juego de azar para las fuerzas soviéticas. Tal vez – pensaron algunos – dicha imposibilidad obligaría a la URSS a prescindir de la opción militar en sus enfrentamientos con occidente.

Pero las mentes que crearon el proyecto Iceworm tenían un enemigo implacable que acabaría con sus planes: los científicos de Camp Century habían logrado perforar el casquete polar groenlandés a una profundidad de mil metros, obteniendo las primeras columnas o registros de hielo que permitían adivinar las condiciones atmosféricas del planeta en el pasado. Dicha información revelaría también que el hielo glacial de Groenlandia se hallaba en movimiento constante, mucho más de lo anticipado, que amenazaba con destruir la ciudad subterránea y que efectivamente obnubilaba cualquier plan de establecer la madriguera termonuclear que perseguía el proyecto Iceworm.

El fin del malogrado proyecto también representaba el fin de Camp Century. Para 1967, los militares desmantelaron el reactor nuclear y abandonaron la base a su suerte. El inexorable avance de los hielos destruyó la base, y visitas en años posteriores comprobaron que todo el ingenio y empeño utilizado en crear una base subterránea había sido en vano.

La llegada de los OVNIS

Pero no se puede pasar por alto la constante presencia de los OVNIS en las frías y desoladas regiones de nuestro mundo, y Groenlandia no es la excepción.
En 1974, los tripulantes de un carguero C-130 con destino a la instalación radárica “Dye 2” descubrieron que algo venía siguiendo a su aparato – un objeto anaranjado y difuso que se ocultaba debajo del ala derecha del avión. Los pilotos estimaron que el desconocido tenía las mismas dimensiones que un F-86, y que bajo su resplandor anaranjado se ocultaba una superficie de acero pulido con ventanillas. El objeto era capaz de detenerse en el aire y hacer toda suerte de acrobacias que pusieron los pelos de punta al personal de la USAF. Al aterrizar en “Dye 2”, lo primero que hicieron fue dar parte del suceso al comandante de la base, donde se enteraron de que semejantes encuentros eran tan frecuentes que ya no llamaban la atención.



Un sargento jubilado de la USAF – Vincent R. Nelson – había ocupado el cargo de radarista en una base groenlandesa durante quince años, e hizo la siguiente declaración a la revista Saga UFO Report (Octubre 1977): “Conozco al menos quince eventos individuales de OVNIS que aparecieron inicialmente en el radar y que también fueron detectados visualmente. En un caso, un grupo de hombres efectuaba reparaciones a la intemperie una noche, abrumados por sus pesados abrigos y caretas. Las tareas de este tipo tienen su riesgo, porque un hombre puede congelarse en cuestión de minutos, y la oscuridad puede durar meses en algunas regiones. Pero en fin, los hombres juraron haber visto un OVNI aterrizando. El OVNI se posó lentamente, como si su propio escape lo mantuviese a flote, hasta quedar a unos cuantos metros sobre el hielo. El silencio era total. Desplegó un tren de aterrizaje tripodal y permaneció ahí por varios minutos, a menos de 300 metros de la base de radar. Luego de retractar sus patas, se elevó y salió volando”.

Las actividades militares en esta parte del mundo suelen estar compartimentadas, y la información no se difunde como podría esperarse. Buscar datos que corroboren estas anécdotas resulta casi imposible. Según un capitán: “Todo lo que sucede acá es secreto. Esto incluye mi respuesta a tu pregunta”.

¿Tendrían algo que ver los OVNIS con el choque de un bombardero B-52G en sobre Bahía de Baffin al oeste de la base aérea Thule? Según los expedientes oficiales, el 21 de enero de 1968 se produjo un fuego a bordo del bombardero que obligó a los tripulantes a abandonarlo, saltando al aire con sus paracaídas. La enorme "estratofortaleza" se estrelló contra el hielo marino de la bahía de North Star, desparramando sus cuatro bombas nucleares de un megatón cada una sobre la superficie. El accidente aéreo - una "flecha rota" (Broken Arrow) en el argot militar - tuvo como resultado la detonación del material atómico sin las catastróficas dimensiones de Hiroshima y Nagasaki. El material fisionable sencillamente quedó esparcido sobre 20 kilómetros cuadrados de hielo y nieve, dando lugar a otra iniciativa: el proyecto "Crested Ice" en el que personal estadounidense, danés y groenlandés hizo lo posible por recoger el hielo irradiado, depositarlo en contenedores y trasladarlo a EE.UU.

Siete años más tarde, otro B-52 volando a cien millas al este de Groenlandia se encontró con una formación de siete objetos no identificados. Los objetos rompieron su formación para apostarse alrededor del bombardero, como si quisieran “escoltarlo” a un lugar determinado. La instrumentación se volvió loca y los tripulantes hicieron lo posible por devolver su aparato militar a la normalidad infructuosamente. El capitán dio la orden de no disparar los cañones de 20 milímetros en la cola del avión, procurando no empeorar la situación.”

1 Comments:

Blogger Dave Koper said...

espectacular, como siempre!

12:39 PM  

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