Friday, February 08, 2008






El Enigma de los Grandes Lagos
Por Scott Corrales
(c) 2008


Los Grandes Lagos – agua dulce en el corazón de América del Norte – ese es el lema utilizado por una campaña ambientalista con miras a concienciar al público en general sobre el gran valor que tienen estos cuerpos de agua, verdaderos mares interiores cuyas orillas no pueden verse desde el lado opuesto, y que representan uno de los atributos geológicos más importantes del continente.

La secuencia de los lagos comienza en lo alto, por así decirlo, en el tormentoso lago Superior, cuyas enormes marejadas han llevado a mas de un buque de carga a su destrucción, hasta el misterioso lago Ontario, cuyas aguas bañan las costas de la canadiense provincia de Ontario y el estado de Nueva York al otro lado de la frontera. Aguas navegadas por embarcaciones de placer en el verano y sitios en que los pescadores de hielo se dan cita en pleno invierno...

No obstante, estos mares interiores de las Américas albergan toda suerte de misterios: buques fantasma, monstruos lacustres , anomalías magnéticas y OVNIS. Algunos abogan por la existencia de bases extraterrestres en el fondo de las aguas mientras que otros discurren sobre portales interdimensionales que permiten el acceso de extrañas luces y criaturas aún más raras, que tal vez ignoren el hecho de que han franqueado el paso a nuestro mundo. El que esto escribe abordó el tema de los lagos en una oportunidad anterior, pero siempre sobrarán casos, como suele suceder.

La Oleada de 1978

El 4 de enero de 1978, un año después de la gran tormenta de invierno que dejara congelada a la ciudad de Buffalo, Nueva York y otras urbes circundantes al lago Erie, un guardia de turno en la base de guardacostas Marblehead cerca de Sandusky, Ohio observó, a través de sus prismáticos, un extraño objeto con luces parpadeantes rojas y blancas, que parecía estar suspendido sobre la estatua del Almirante Perry en South Bass Island, una distancia de nueve millas. Este hecho insólito quedó apuntado en la bitácora de turno, y al día siguiente el teniente Roger Higbee lo describiría a los medios como “un objeto que pudo verse a la derecha del monumento por espacio de cinco minutos, cambiando de posición rápidamente para cernirse de nuevo por dos minutos antes de abandonar la zona. Tenía una luz roja parpadeante, y otra blanca, en ambos costados.” La torre de control del cercano aeropuerto de Oberlin manifestó en aquel instante que no existían registros de la presencia de aviones ni globos sonda.

Pasarían seis meses antes de que el fenómeno se repitiese, pero esta vez en el lago Michigan, cuyas aguas bañan la ciudad de Chicago. En la noche del 27 de julio de 1978, la estación de guardacostas St. Joseph comenzó a recibir llamadas, entre ellas la de un civil que afirmaba estar viendo en esos instantes un cilindro de color plateado suspendido en el aire, iluminado con una luz resplandeciente, antes de desparecer hacia el oeste. Posteriormente, la oficina de distrito de los guardacostas, localizada en Cleveland, emitiría la noticia de que un vecino de la población de Ludington también había visto el aparato. Pero más importante aún, la guardacosta disponía del testimonio de uno de sus propios hombres – el objeto había sido avistado detrás de la central eléctrica Consumers, desplazándose lentamente hasta Big Sable Point. Según el marinero Don Clark, el testigo de marras, el objeto no podía apreciarse como tal, oscurecido por la presencia de sus poderosas “luces estroboscópicas”, pero Clark se aventuró a sugerir que el objeto tenía la forma general de un platillo “Frisbee” de juguete, pero con una sola luz roja. “No quiero sonar como un chiflado”, dijo el marinero, “pero aquello me erizó los pelos de la nuca. Se me ocurrió pensar que tal vez íbamos a morir en ese momento”.

Desde su punto de observación, Clark pudo deducir que la trayectoria del objeto lo llevaría justo sobre otra base de guardacostas, ubicada en Two Rivers, Wisconsin. El marinero se comunicó con dicha base enseguida por radio, advirtiendo sobre el fenómeno que se desplazaba hacia ellos. Y los cálculos de Clark habían sido los correctos – el objeto pasó a varias millas de la estación en Two Rivers, sino que además pudo verse desde dos puestos adicionales: el faro de Green Bay y la estación Sturgeon Bay. La velocidad estimada del artefacto desconocido era de 250 millas por hora.

El mando de guardacostas en Cleveland recibió el informe sobre el avistamiento sin estorbarse mucho. El comunicado oficial manifestó que el fenómeno “no estaba relacionada con el tránsito acuático en absoluto” y que la velocidad y altura del aparato correspondían a las de cualquier objeto volador convencional.

Los ovnis parecieron interesarse por la población de Two Rivers. El sargento Tom Gordon de la armería de la guardia nacional pudo ver un objeto descrito como “redondo y con varias luces de color azul, verde y rojo “ volando cerca de la estación de guardacostas. El aparato cruzo el firmamento de un lado otro tres veces. El sargento no dudó en comunicarse con los marineros de la guardacosta, que estaban viendo el objeto a través de sus prismáticos.

Resulta curioso que los marineros de la estación en Two Rivers – Doug Wangen y Gary Randall – vieron el aparato perfectamente, pero cuando la noticia trascendió a los medios, la cúpula militar les prohibió hablar de ello “oficialmente”, es decir, podían ser entrevistados por los canales locales de televisión pero vestidos de civiles. Randall, de paso, había tomado fotos del extraño objeto con su cámara de 35 milímetros. “Era un OVNI, en definitiva”, comentó el joven marinero. “No creo que se haya tratado de un proyecto gubernamental.”

Pero cuando sus superiores se enteraron de la foto, le exigieron al marino que se las entregase para encargarse del revelado. Randall se negó y el rollo de película fue revelado por una empresa privada, con la condición de que los negativos serian entregados al gobierno. Dichos negativos fueron remitidos a una “agencia del gobierno” pero el análisis jamás fue publicado. Los que vieron las fotos afirmaron que eran muy oscuras, aunque podía apreciarse los edificios cercanos a la base militar y unas luces policromáticas en la esquina superior de la foto.

Pero las aventuras del marinero Gary Randall, que contaba con veinte años de edad en aquel momento, no terminarían con eso. Randall alegó posteriormente que el campo aéreo Mitchell, el aeropuerto municipal de la ciudad de Milwaukee, había “pintado” al OVNI con su radar, cosa que los controladores de la torre de dicho aeródromo negaron rotundamente. El supervisor de la Agencia Federal de Aviación (FAA) negó rotundamente que se tratara de un objeto volador de procedencia desconocida, produciendo el siguiente exabrupto por parte de Randall: “¡Vaya si lo vieron en Milwaukee! Hablé con ellos en aquel instante unos cinco o diez minutos después del avistamiento. Si, estoy convencido de que lo vi. No me cabe duda alguna de que era un OVNI, algo que nunca había visto antes y que el gobierno tampoco había visto.”

A todo esto, su camarada Dick Wangen informó al reportero Jim Miles que “no estaba muy seguro sobre los ovnis, pero habia que verlo para creerlo”, agregando que el ovni le hizo sentir cierta trepidación. “Te da la sensación de que alguien te está mirando, y te hace sentir poco seguro.”

Pasarían varios meses antes de que las autoridades recibiesen denuncias sobre otros artefactos raros, y no provendrían de los testigos de siempre – los “observadores descalificados” que son objeto de burla de los escépticos – sino de más miembros de la guardacosta y otros profesionales encargados de la vigilancia de los puertos en los Grandes Lagos. El 9 de octubre de 1978, un apicultor vecino de Bay View dio a conocer su avistamiento de un objeto desconocido a eso de las 20:00 horas, cuando salía de su casa para “espantar a los osos que intentaban comerse la miel de los panales”. El objeto, cuyas luces eran verdes, blancas y rojas, eran “diez o veinte veces más brillantes que las de un avión”, según su testimonio. Curiosamente, el comisario del condado de Oceana, John Simmons, vería objetos extraños en el cielo antes y después de este incidente, pero su prudencia le hizo guardar el silencio hasta que otros diesen a conocer sus testimonios.

Y ante todo esto, ¿qué hacía la Fuerza Aérea?

La estación de radares en Bay Shore, Michigan, había recibido y anotado varias llamadas de personas que afirmaban haber sido testigos del artefacto con luces rojas, verdes y blancas. El teniente coronel Robert Hill dijo no haber recibido llamadas la misma noche en que el apicultor tuvo su experiencia, pero que meses atrás había recibido informes de otra comunidad, Good Hart, a la orilla del lago. “Recibimos informes a principios del verano, y la descripciones coincidían en el color de las luces”. Cuando se le preguntó por qué su radar no había capturado la presencia del artefacto o artefactos, el militar repuso que su equipo estaba diseñado para el seguimiento radárico angosto y no para hacer barridos.

El marinero David Laird, portavoz de la oficina de información pública de los guardacostas en Cleveland, anunciaría que los expedientes de su agencia conservaban informes sobre un extraño objeto que se desplazó sobre el lago Michigan silenciosamente a 1200 millas por hora, un informe que hacia mención de luces rojas y blancas adosadas al objeto. El caso había sido analizado por el departamento sin lograr ninguna explicación, y se consideraba en aquel momento que “los avistamientos se quedarían sin identificar”.

En su obra clásica Invisible Residents, el investigador y pensador Ivan T. Sanderson manifestó su admiración ante la cantidad de fenómenos que se producían en el lago Erie. “Pensaría cualquiera”, escribió, “que ellos (los OVNIS) tienen una estación de servicio bajo las aguas del lago Erie”.

Y este pionero de la ufología y la criptozoología tenía mucho en que fundamentar su planteamiento. E1 2 de diciembre 1962, decenas de miles de testigos en ciudades que iban desde Syracuse en Nueva York hasta Akron en Ohio vieron un objeto desconocido con forma de “foco” que se acercaba desde el este, ejecutaba una vuelta en el aire, antes de perderse sobre el lago Erie. Exactamente un año después – el 2 de diciembre de 1963-- la guardacosta ejecutaría la búsqueda infructuosa de un objeto resplandeciente que se zambulló en las aguas del lago, que no estaban congeladas en ese momento. Otro mes de diciembre – el de 1965 – traería consigo un evento de mayor fama aún: un bólido se estrellaría contra las aguas del lago.

En 1988, los investigadores Richard Dell'Aquila y Dale Wedge investigaron casos de actividad OVNI en las aguas de lago Erie que involucraba una central nuclear así como una central eléctrica caldeada por carbón.

Una vecina de la región afirmaba haber visto un objeto con forma de dirigible y con una luz en cada extremo del fuselaje, balanceándose sobre el lago con el movimiento que ya es característico de los ovnis. El objeto gris, cuyas dimensiones se estimaban como mayores a las de un campo de fútbol americano, hizo crujir y agrietar el hielo de la superficie del lago congelado.

Para cuando desapareció el "dirigible", los testigos pensaron que se había sumergido bajo la superficie helada del lago Erie, y que "pedazos de hielo descomunalmente grandes podían ser vistos en la zona del supuesto aterrizaje". ¿Se trataba, acaso, de un objeto misterioso buscando dónde ocultarse, o quizás intentando obtener agua en su estado sólido? El veredicto de la US Coast Guard fue que los "planetas Júpiter y Venus" estaban en conjunción esa noche y eso era lo que habían visto los testigos.

Desapariciones y ovnis

El transito comercial de los Grandes Lagos depende en su mayoría del cabotaje, embarcaciones que van de puerto en puerto sin jamás perder de vista la costa industrial de los lagos. Son pocos los marineros que cruzan los lagos, a pesar de que la distancia que separa la costa estadounidense de la canadiense es de cincuenta millas a lo máximo. Enormes buques cargados de acero, níquel, carbón y madera, o con productos provenientes de los estados centrales de la unión americana y destinados a Europa, se aprovechan del canal de Welland (que evita el obstáculo creado por las impresionantes cataratas del Niágara) y del río San Lorenzo para abrirse paso al Atlántico. Este tránsito lacustre y fluvial está vigilado por estaciones de radar y por satélite en distintos puertos, y aun así se dan casos de barcos que desaparecen sin rastro.
El más conocido de estos casos lo es, sin duda, la desaparición del buque acerero Edmund Fitzgerald, cuya tragedia fue inmortalizada por el canadiense Gordon Lightfoot en una canción, “The Wreck of the Edmund Fitzgerald”, que se convirtió en uno de los temas musicales más reconocidos de los ’70. El tema ensalza el valor de los marineros que desafían el peligro de los lagos, pero sin hacer mención de sus misterios.

El “Fitzgerald” era uno de las embarcaciones de mayor tamaño que jamás surcaran las aguas de los lagos – setecientos pies de eslora y calado de treinta y nueve pies – con capacidad de carga en exceso de veintiséis mil toneladas. Meses antes de su desaparición, el buque había aprobado las inspecciones de la guardacosta en cuanto a la integridad de su casco y su equipo de salvamento. El 10 de noviembre de 1975, el “Fitzgerald” zarpó del puerto de Duluth con su carga de nódulos de mineral de hierro bajo el mando del capitán McSorley, con más de cuarenta años de experiencia en esas aguas, con destino a Cleveland. El mar – es decir, las aguas del lago Superior – estaba tranquilo, aunque dentro de varias horas se desataría una tormenta de otoño, evento que produce oleajes desmedidos que en este caso produjeron daños de poca consecuencia al navío. McSorley se comunicó por radio con el capitán Cooper, al mando de otro carguero que lo acompañaba hacia las esclusas que permitirían el descenso de ambas naves al siguiente lago – el Hurón – y de ahí al lago Erie. Una distancia de diecisiete millas separaba ambas naves, que luego se recortaría a nueve. Según Cooper, McSorley no manifestaba preocupación alguna y a pesar de las condiciones tormentosas, el recorrido era bastante normal.

El radar del buque de Cooper, el “Arthur Anderson”, pintaba todos los alrededores del lago, y el “Edmund Fitzgerald” aparecía como un punto brillante. Se produjo una nevada repentina que interfirió con el funcionamiento de los instrumentos y restringió la visibilidad. Cuando el “Anderson” salió de la nieve, la visibilidad había incrementado a veinte millas, pero sucedía algo anormal...el “Edmund Fitzgerald” ya no estaba.

La guardacosta recibió el mensaje de alerta justo antes de las 20:00 horas. El capitán Cooper manifestaba su preocupación por la insólita desaparición de McSorley y su nave, pensando que se había ido a pique. La estación de la guardacosta hizo caso omiso, considerando que una embarcación de las dimensiones del “Fitzgerald” era invulnerable ante las peores condiciones meteorológicas, y en todo caso, tenía varias cabinas de radio y sistemas de respaldo. Nadie, mucho menos los oficiales de turno en el puente del “Anderson”, habían visto bengalas ni recibido transmisiones de socorro. Con activar un solo contacto, la tripulación de la nave desaparecida podía activar señales potenciadas por baterías que inundarían todos los canales con un S.O.S.

Sin embargo, la realidad era otra. Cooper y su tripulación ya no podían ver la embarcación que acompañaban desde Duluth. Se realizaron llamados a otros buques para ver si podían ver algo en sus radares, pero nada. Si la tormenta hubiese causado la destrucción del Fitzgerald, los escombros y cadáveres de su tripulación hubiesen flotado en el agua, o acabado en las frías costas del lago Superior semanas o meses después. Pero no fue así. Su desaparición fue total, como si hubiese atravesado una brecha en la realidad.
Como colofón, un dato interesante: la noche del 10 de noviembre de 1975, mientras que el capitán Cooper pugnaba con la guardacosta sobre la desaparición del Edmund Fitzgerald, dos interceptores F-106 despegaban de la base Selfridge en la punta sur del lago Hurón con la misión de interceptar (sin disparar, claro) varios contactos radáricos no identificados. A pesar de los cazas volaban con sus postquemadores al rojo vivo, los pilotos jamás llegaron a establecer contacto visual con los objetos. Según el Mando Norteamericano de Defensa Aérea (NORAD), los objetos estaban sobre la punta norte del lago Hurón cuando uno de ellos ascendió verticalmente desde los veintiseis mil a los cuarenta y cinco mil pies de altura, deteniéndose momentáneamente antes de ascender a 72,000 pies en un abrir y cerrar de ojos.

Segun el teniente coronel Brian Wooding del NORAD, su mando estaba acostumbrado a recibir informes sobre posibles OVNI, pero a su leal saber y entender, esta era la única ocasión en que se había producido un “scramble” para interceptar a los no identificados. Explicó que la maniobra se había realizado debido a que el incidente había sido visto por un gran numero de personas y porque lo habían percibido en el radar – cosa que ha de causar dolor a los escépticos que insisten a pies juntillas que los ovnis nunca han sido capturados en los radares. NORAD pudo rastrear, efectivamente, estos contactos por espacio de seis horas sobre el lago Hurón, a pocas millas de las esclusas a las que iba acercando el Edmund Fitzgerald...¿un barco absorbido por los ovnis? Eso ya seria especular, pero...en 1953, casi en esas mismas coordenadas, se produjo la desaparición del caza F-86 del teniente Félix Moncla, cuya misión era interceptar un OVNI. El caso – todo un clásico en la casuística del fenómeno – es más contundente debido a la afirmación del mando de la base Truax en su comunicado oficial a Prensa Asociada, que reza: “El avión fue seguido por radar hasta que fue absorbido por un objeto a 70 millas de la punta Keweenaw en Michigan Superior”. Se alegó a posteriori que “nadie había sido absorbido por nada” y que los técnicos habían leído la pantalla incorrectamente, y que el ovni era un avión de pasajeros de Canada Air.

Aprovechando la creencia de aquellos tiempos en el Triángulo de las Bermudas y otros cuerpos de agua con altos índices de desapariciones inusitadas de barcos y aviones de todo tipo (incluyendo el “Triangulo del Diablo” en aguas japonesas y “el meridiano del Diablo” en Tasmania), se comenzó a hablar de un “triangulo de los Grandes Lagos” y el autor Jay Gourley llegó a escribir un trabajo bastante amplio sobre el tema (The Great Lakes Triangle, NY: Fawcett Gold Medal, 1977). En la actualidad del siglo XXI, muchos de estos incidentes han pasado a formar parte de las publicaciones de “folklore regional y fantasmas” que han tenido gran aceptación en el mercado literario estadounidense.

1 Comments:

Blogger Dei Dez said...

Hitler tenia el proyecto campana en aquel entonces..se deducia q seria una nave q volaria despegue vertical etc...ese proyecto fue encontrado por las fuerzas americanas,inglesas y ese plano e perdio ..de ahi q los proyectos de vuelos para este entonces es muy extenso..debe haber alguien encubierto haciendo creer a la gente q existen los omnis..tonto es el q lo crea..si los omnis existieran hace rato hubieran visitado a la tierra al igual q ha hecho el humano de visitar la luna

10:18 AM  

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