Monday, April 23, 2012

Desapariciones en los bosques



Desapariciones en los bosques
Por Scott Corrales (c) 2012

El 19 de abril de 2012, nada menos que el Wall Street Journal publicaba una noticia que guardaba poca relación con el mundo de la alta finanza, y aún menos que el incesante ruido y ajetreo de la urbe de hierro. Esta vez el Journal había fijado su atención hacia el oeste, la espesura del bosque nacional de Allegheny, de 26,000 hectáreas de extensión, donde acababa de producirse un evento triste y extraño.

El periódico anunciaba el hallazgo de los restos mortales del reverendo Thomas Hamilton, junto con su bastón y reloj pulsera, a lo largo de uno de los senderos del bosque.

Dos años atrás, en Noviembre de 2010, el reverendo Hamilton y su hija Rebecca Huffman habían ido de senderismo al bosque Allegheny, y llegado cierto momento, el reverendo se sintió demasiado agobiado por la caminata para regresar al coche que les había traído hasta la zona. El reverendo se sentó a la orilla del sendero mientras que su hija salía a buscar la ayuda de los guardias forestales, cuyas patrullas incluyen las zonas más apartadas del bosque. Al regresar horas después, el reverendo ya no estaba; una búsqueda intensa de ocho días, utilizando recursos forestales, policíacos y militares, no dio con el paradero de Hamilton.

El capitán Daniel Richter, de la policía forestal, informó a los medios que los restos del reverendo – el cráneo y fragmentos óseos – habían sido hallados por un senderista a cien metros de una vereda en el bosque que no estaba remotamente cerca del sitio en que 31 agencias concentraron sus búsquedas.

Las autoridades afirmaron que no había motivo para sospechar actividad delictiva, y que a falta de evidencia adicional, el caso quedaba cerrado.

Los bosques nacionales de América del Norte son sitios verdaderamente maravillosos donde la naturaleza prospera en abundancia, protegida contra las depredaciones del hombre, representando una fuente inagotable de sorpresas para las nuevas generaciones que se internan en ellos.

El índice de desapariciones en estos bosques, sin embargo, va en aumento. Las muertes se achacan a asesinos en serie, drogadictos, montañeses que viven alejados de la sociedad, y en muchas ocasiones, a la estupidez humana. La prensa nos informa de vez en cuando de excursionistas que murieron en las garras de algún oso, o ciclistas que escaparon de milagro del ataque de un gato montés, pero son pocas las veces en que se nos mencionan estas desapariciones.

El escritor David Paulides – autor de uno de los mejores libros sobre el apasionante tema del “pie grande” o Bigfoot de los bosques de Norteamérica – ha concentrado sus nuevos esfuerzos en las desapariciones y los fenómenos que suelen producirse antes y después de ellos...fenómenos que sugieren que algo se escapa a las leyes naturales.

Paulides cuenta que durante una de sus investigaciones de Bigfoot, alguien tocó a la puerta de la cabaña en la que estaba alojado en uno de los parques nacionales del oeste. Se trataba de un guardabosques, manifestando admiración por los escritos de Paulides, y deseoso de hacerle partícipe de una situación misteriosa.

“Comenzó a contarme sobre una serie de desapariciones que habían tomado lugar en el parque al paso de algunos meses, y aunque el guardabosques no formaba parte del cuerpo policiaco, sus amigos le habían ampliado detalles”, dijo el autor al presentador Jeff Rense en su programa de radio. “Aunque el personal del parque consideraba que los hechos eran singulares, la administración no coincidía con ellos”.

Los guardabosques se maravillaban de que las desapariciones – seis de ellas en espacio de cinco años– no habían trascendido a los medios. Nunca se habían hallado restos de ellos ni nada. Gente normal que había venido al bosque a hacer backpacking y a disfrutar de la naturaleza.

Con la información recibida de parte del guardabosques, Paulides se puso en contacto con amigos en el sector policiaco que realizaron pesquisas, con resultados sorprendentes: comenzó a surgir una especie de mapa de “focos de concentración” de desapariciones en América del Norte. Dichos focos se distinguían no solo por localización geográfica, sino por las particularidades de los desparecidos (sexo y edad, mayormente).

En el bosque nacional Crater Lake, afirma Paulides, existe la particularidad de que los desaparecidos suelen ser varones menores a los 10 años de edad, que se esfuman en una zona totalmente apartada de la civilización. Las primeras noticias que se tiene de estas desapariciones son de fines del siglo XIX, recrudeciéndose en la década de 1960-1970. Las búsquedas emprendidas no hallaron ni una sola seña de los jóvenes, cuando por lo general se les suele encontrar – vivos o muertos – a los cinco días después de haber desaparecido.

Otro bosque caracterizado por sus desapariciones misteriosas lo es Rocky Mountain National Park. En 1938, un niño llamado Alfred Bullard, de vacaciones en dicho bosque con sus padres a una altura de 8,600 pies. El pequeño Alfred, de cuatro años de edad, caminaba a lo largo de un río con sus padres cuando estos se dieron cuenta repentinamente que el chico ya no estaba con ellos. Llamaron a los guardabosques, que se valieron de sabuesos para recorrer las inmediaciones del río Fall. Al llegar a una bifurcación en el sendero, los sabuesos sencillamente dejaron de buscar y se tiraron a descansar – conducta totalmente insólita.

Los guardabosques decidieron que el pequeño Alfred debió haber caído en el río (a pesar de que los sabuesos habían seguido el rastro en tierra) y se dispusieron a dragar las aguas, cuando sucedió otro hecho insólito.

Otra pareja de excursionistas se acercó a las autoridades para contar la experiencia que habían tenido en el bosque durante esos días. Esta pareja había acampado a una altura dos mil pies por encima de la familia Bullard, en el monte Chapin. Mientras que almorzaban, oyeron un ruido que les hizo mirar hacia una ladera cercana: llegaron a ver un niño mirándoles fijamente desde una saliente rocosa antes de dar la vuelta y desaparecer. Al mostrarles fotos del joven Alfred, los excursionistas afirmaron que ese era el pequeño que les había mirado desde la saliente.

Las autoridades convinieron en que no había forma alguna en que un niño de tan corta edad pudiese llegar a esa elevación sin ayuda, y organizaron un equipo de veinte hombres que ascendió la ladera del monte Chapin hasta la saliente indicada. La batida no tuvo éxito, y no volvió a saberse nada de Alfred Bullard hasta el sol de hoy.

Cabe señalar – como recalca David Paulides – que esa saliente había recibido mucho antes el tétrico mote de “el nido del diablo” (Devil’s Nest) por motivos totalmente desconocidos.

Paulides no es el único autor en investigar estas peculiaridades. Juanitta Baldwin y Ester Grubb, autoras del libro Unsolved Disappearances in the Great Smoky Mountains, han seguido de cerca las pesquisas en torno a las desapariciones de tres mujeres en esta región del estado de Tennessee (famosa por el rodaje de “El último de los mohicanos” de Daniel Day Lewis y Madeleine Stowe). Una de las jóvenes desaparecidas – Trenny Lynn Gibson – tenía 16 años cumplidos el 8 de octubre de 1976 cuando acudió al parque nacional Great Smoky Mountains con cuarenta estudiantes de su colegio en Knoxville. Los estudiantes se dividieron en pequeños grupos para caminar a lo largo de los distintos senderos, y Gibson se unió a varios de estos grupos de exploración. No se le volvió a ver después de las 15 horas ese día, y a pesar de búsquedas intensivas, se desconoce su paradero hasta la actualidad. Y es tan solo una de muchas desapariciones que se han producido en esta zona con el paso de las décadas.

La web nos brinda recursos valiosísimos que presentan más casos insólitos. The Doe Network http://doenetwork.org/cases/3370dmny.html incluye informes como la desaparición de Douglas J. Legg (caso 330DMNY), niño de una familia acomodada de la ciudad de Oswego en el estado de Nueva York, que desapareció el 10 de julio de 1971 en la reserva privada de Santonini en el lago Newcomb. Los senderos de la zona forman parte del imponente macizo Adirondacks, y a sus 8 años de edad, Douglas ya estaba acostumbrado a las largas caminatas de sus parientes en la zona, y había ascendido el pico más elevado de la comarca, el monte Marcy. Según el expediente, Douglas había regresado a la cabaña de su familia para cambiarse de ropa, pero el chico despareció en algún punto de ese sendero.

La búsqueda de Douglas duró seis semanas y ocupó los esfuerzos de 600 voluntarios. Helicópteros, perros de rastreo y hasta clarividentes se unieron al esfuerzo sin resultados positivos. Se nos dice que en 1993 se llevó a cabo una búsqueda incentiva tanto en un lago seco del condado de Lewis como en una isla de 10 hectáreas en el lago Newcomb sin encontrar restos humanos.

Este río de información desemboca en un mar de conjeturas. ¿Quién o quiénes son los responsables de estas desapariciones? Los libros de David Paulides sobre Bigfoot sugieren la posibilidad de que los jóvenes varones que desaparecen son secuestrados por estos homínidos con fines de hibridaje, ofreciendo como prueba de esto dibujos de un “bigfoot” de características claramente humanas en el norte de California. Lejos de ser simios, argumenta Paulides, los “pie grande” son una subespecie humana desconocida que procura evitar el contacto con la civilización, aunque las tribus nativoamericanas afirman mantener relaciones amistosas con ellos.

Tampoco podemos descartar las acciones de grupos renegados de montañeses como Don Nichols y su hijo Dan, quienes secuestraron en 1984 a la atleta Kari Swenson mientras que entrenaba para las Olimpiadas en las altas montañas “para servir como esposa” al joven Dan. Hay posibilidades más tétricas aún, como la posibilidad de que una familia de caníbales en las montañas se dedique a prácticas sanguinarias, como la familia Gregg de la región inglesa de Devon en el siglo XVIII. Según la información disponible, los Gregg mataron más de mil viajeros, robándolos y devorándolos en su cuevas.

Podemos especular también sobre elementales, jinas y otros seres que aún conservan su fuerza en los lugares remotos de nuestro mundo y que se divierten secuestrando a los humanos con fines totalmente desconocidos. Esta es la posibilidad más intrigante, ya que ha sido traída a colación en otros foros.

En el 2010, la página web www.unknowncountry.com del escritor Whitley Streiber recibió un mensaje fascinante de un ingeniero radiofónico llamado Alan Lamers, encargado de instalar estaciones de radio en las selvas de la isla de Sulawesi (Celebes) en Indonesia. En su mensaje, Lamers explicaba que una de sus misiones había sido la de instalar una estación en la aldea de Sadu Batu en el sur de la isla de Sulawesi. Se le dijo que no llevara ninguna prenda de vestir de color amarillo, ni ningún otro color subido. Solo podía ir vestido de blanco o negro, y lo segundo era preferible. Asombrado, Lamers preguntó el motivo de esto. “La gente que usa colores intensos desaparecerá”, le contestaron.

Temiendo ofender a los aldeanos, Lamers hizo lo correcto. Al llegar, descubrió que todos los aldeanos iban vestidos de negro. El ayudante de Lamers, sin embargo, optó por ponerse un par de calcetines amarillos.

Al regresar a su hospedaje, el ayudante de los calcetines amarillos se enfermó repentinamente, vomitando de una forma tan intensa que los presentes se quedaron atónitos. Se recuperó al día siguiente y confesó su osadía al haber roto el tabú de tribu, con un detalle adicional: sintió que algo que le había mordido la pierna derecha, dejándole rasguños impresionantes. Los aldeanos intercambiaron miradas, diciendo que el técnico había tenido mucha suerte. Por regla general, la gente desaparecía.

Lamers pasa entonces a contar las experiencias de una mujer de la ciudad de Palopo en Sulawesi. Su primo y cuatro miembros de la familia habían ido a explorar una montaña localizada a una hora de camino. Pasaron los días y el grupo familiar no regresaba. La mujer se vio obligada a conseguir escasos fondos para contratar un grupo de rescate, integrándose al mismo para realizar la búsqueda. Después de un mes en las montañas, consiguieron localizar un solo sobreviviente – su hermano.

Desnutrido y demacrado, el hermano no recordaba lo sucedido. Estaba tan traumatizado que no pudo hablar por varios meses.

Escribe Lamers: “Le pregunté a mi amiga sobre su opinión de lo que había sucedido. Ella dijo que los responsables eran los jinas. Jina es la palabra árabe para demonio. Dijo que muchísimas personas habían desaparecido en las montañas debido a los jinas. Le pregunté a mi amigo el ingeniero sobre esto, y me dijo que sucede a menudo. Culturas enteras han tenido que enfrentar este problema. Se visten de negro porque creen que esto les permite cruzar las selva sin ser detectados por la cosa que se lleva a la gente.”

Posteriormente, Lamers pudo conversar con el hermano de su amiga, sobreviviente de la gira a la selva. El sobreviviente había desarrollado el don de ver a los “jin kurcaci” en el idioma la tribu bugis – “diablillos” enfrascados en los que se denomina “penculikan” o secuestros. Nadie sabe el motivo de estas actividades. Los secuestrados regresan a veces, a veces no. Son criaturas diminutas de nariz pequeña, ojos pequeños y negros, pero con bocas muy anchas.

“El chico también pudo ver un animal que no pudo reconocer”, dice Lamers en su mensaje. “Eran bestias del tamaño de un caballo con enormes astas. Pudo ver manadas de ellos sin poder comprender de dónde venían, ni por qué había tantos de ellos. No hay ningún animal con esas características en todo Sulawesi”.

2 Comments:

Blogger Ovetus vetusta said...

muy interesante gracias por la informacion amigo

2:32 AM  
Blogger Ovetus vetusta said...

muy interesante gracias por la informacion amigo

2:32 AM  

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