Monday, January 02, 2012

Jim Keith y el Misterio de Roswell














Jim Keith y el Misterio de Roswell
Por Scott Corrales, Arcana Mundi

Hay investigadores del misterio que desaparecieron muy pronto del campo que despertaba sus intereses, y un caso concreto lo es Jim Keith, el autor de múltiples tomos sobre conspiraciones y parapolítca, y director de boletines como “Dharma Combat”. Keith falleció inesperadamente después de haberse caído de un escenario durante el festival de “Burning Man” en el desierto de California. Hospitalizado con una fractura, Keith moriría esa misma tarde debido a complicaciones que nunca se esclarecieron, llevando a muchos en la comunidad conspirativa a pensar que fuerzas desconocidas habían aprovechado su ingreso al hospital para librarse de un librepensador cuyas indagaciones ya resultaban molestas.

Entre los escritos que sobrevivieron a la desaparición de Jim Keith figura uno de gran interés para la comunidad OVNI, aunque no precisamente destinado hacia alimentar la insaciable hoguera del interés por Roswell, que ha pasado a convertirse en el eje principal de la investigación ovni en los Estados Unidos.

El artículo ostenta el título “Roswell UFO Bombshell: Was the crashed spaceship really an lost A-Bomb?” (El bombazo ovni de Roswell - ¿la nave espacial era en efecto una bomba atómica?) y apareció en el ejemplar de enero de 2000 de la revista FATE, cuando esta aún publicaba en papel.

Keith comienza diciendo que la información que transmite a sus lectores proviene de una fuente anónima: un instructor de ingeniería en una universidad del estado de Nuevo México que temía perder sus habilitaciones de seguridad si hablaba abiertamente sobre el asunto. Tampoco era que la fuente confidencial temiese a los hombres de negro, ni un secuestro inesperado por seres del espacio a modo de represalia, sino que había conversado largo y tendido con otros ingenieros que habían vivido cerca de Roswell o en el mismo pueblo aquel mes de julio de 1947.

La segunda guerra mundial y sus horrores habían finalizado – le dijo su interlocutor – y los Estados Unidos se veían obligados a mantener un secreto sobre el temible artefacto que había decimado las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. El gobierno tenía otras armas atómicas, pero ninguna de ellas resultaba confiable. El coloso que había triunfado en dos frentes bélicos no tenía una sola bomba digna del “Pequeño Muchacho” o el “Hombre Gordo” – los motes juguetones conferidos a las mortíferas armas que pusieron fin al conflicto con Japón. Peor aún: los científicos, técnicos y militares que habían participado activamente en el programa nuclear solo pensaban en licenciarse y regresar a la vida civil, saboreando el milagro económico de la siguiente década. El alto mando temblaba ante la posibilidad de que los soviéticos se enterasen de esto.

“Los militares buscaron formas de remediar la situación”, escribió Keith en su artículo para FATE. “Como parte de la solución, las pruebas de artefactos nucleares fueron trasladadas entre 1945 y 1946 de la población de Wendover, Utah al Grupo 509 de Bombarderos en Roswell, Nuevo Mexico. En aquel momento se realizaban numerosas pruebas secretas en Roswell, incluyendo el proyecto de globos MOGUL. Una de las tareas encomendadas al 509 incluía realizar pruebas operativas de bombas nucleares, incluyendo la sintonización de bombas nucleares para asegurar que diesen en el blanco con exactitud”.

Aunque las interminables películas de guerra de Hollywood nos han dado la impresión contraria, el investigador anónimo de Nuevo México afirmaba que “los bombarderos militares eran conocidos por su falta de fiabilidad a la hora de dar con el blanco, fallando por hasta media milla de distancia”. Era esto precisamente lo que se buscaba resolver en esta remota base del oeste norteamericano, corregir esta falta realizando bombardeos tanto con municiones activas como inactivas.

Una de estas bombas inactivas ocupa el papel central en esta representación. Se cree que un bombardero B-29 “Superfortress" había sufrido un desperfecto sobre el desierto, obligando a su tripulación a deshacerse de todo lo posible para aligerar el peso de la fortaleza aérea. Entre los desechos figuraba la valiosa carga del avión – una bomba nuclear sin su instrumentación ni explosivos, sencillamente rellena de hormigón para dar en el blanco.

La bomba de hormigón – siempre según la información confiada a Jim Keith – cayó sobre Corona, Nuevo México, comunidad situada en pleno trayecto de vuelo entre la base de Sandía y Roswell. Otros restos lanzados del avión habrían incluido el papel metálico conocido como “chaff”, utilizado para confundir los radares enemigos.

“La caída accidental de un arma nuclear”, prosigue Keith, “hubiera bastado para crear un encubrimiento, ya que si dicha información fuese de conocimiento público, la reacción popular hubiese sido negativa, sin duda. Mi fuente comentó que una bomba atómica inactiva, o una bomba de hormigón, tendría el aspecto de un platillo aplastado al impactar contra la tierra”.

Según parece, las liberaciones accidentales de las panzas de estos bombarderos no eran infrecuentes, y el autor se refiere a las bitácoras de mantenimiento del 509 de Bombarderos, que dan fe de ello. Una bomba nuclear aparentemente “se resbaló de las manos” de la dotación de un B-29 en 1954, cayendo justo al final de la pista de aterrizaje en la base Sandía, explotando sin que activara el componente nuclear y dejando un enorme cráter. En 1955 se produciría otra pérdida accidental en aguas de la isla de Vancouver. Estas bombas descarriadas – por darles nombre – tampoco estaban circunscritas a los bombarderos. El 30 de junio de 1966, un interceptor A4 había perdido una bomba de hidrógeno durante maniobras realizadas frente a la isla de Vieques, información que no fue dada a conocer sino hasta 1995. Trece buques de guerra barrieron los mares, valiéndose de submarinistas, hasta dar con el artefacto, que fue recobrado en agosto de 1966 y luego llevado al laboratorio de armamentos en Sandía, Nuevo México (Corrales, S. “Vieques: An Island in the Storm”, 2000).

Pero volvamos con el texto de Jim Keith: “Tal vez no nos resulte posible verificar el vuelo de Sandía a Roswell, puesto que las dotaciones que volaban esta ruta no solían presentar planes de vuelo antes de despegar. Pero Jesse Marcel, el oficial de inteligencia que supuestamente llegó a manipular piezas de una nave extraterrestre, bien pudo haber sido el chivo expiatorio del misterio. La gente que trabajaba con Marcel le describían como un guardia de seguridad excesivamente celoso que no era del agrado de muchos. Mi fuente considera que algunos tal vez deseaban vengarse de Marcel, haciéndole quedar como un tonto al convencerle de que había visto un platillo volador”.

“Mi fuente”, prosigue Keith, “afirma haber estado en contacto con un astrofísico, cuyo nombre me ha comentado, que se exiló de Rusia en 1960. El ruso decía haber sido parte del equivalente soviético del proyecto Libro Azul de EE.UU.. Dijo que los rusos estaban muy interesados en el incidente de Roswell, y que una vez que se circuló la noticia en los medios, los agentes rusos en Estados Unidos recibieron la orden de averiguar lo que realmente había pasado, ya que la URSS no se tragaba el cuento de los platillos voladores. De hecho, estaban seguros de que los americanos utilizaban esta fabricación para encubrir sus avances en la tecnología militar. Y puede que hayan tenido razón. La narración sobre el choque ovni de Roswell pudo haber sido un intento desesperado por parte de los militares en ocultar un error garrafal: haber lanzado una bomba atómica accidentalmente sobre Nuevo México”.

El autor falleció sin divulgar el nombre de su contacto, así que nos quedaremos con la duda para siempre...a menos que vuelva a surgir un nuevo. personaje para agregar al extenso dramatis personae del caso Roswell.

1 Comments:

Blogger Dave Koper said...

estas son las historias ke mas me gustan :D

2:43 PM  

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