Monday, August 12, 2019

Misterios sobre el asfalto: OVNIS y automóviles



Misterios sobre el asfalto: OVNIS y automóviles
por Scott Corrales

Una noche del mes de abril de 2018, Jeff Wallace, vecino del estado de Nueva Jersey (EE.UU.) había salido en su vehículo a recoger a su hija de su trabajo en una tienda de ultramarinos. Wallace, de cuarenta y tres años, no pensaba ni de lejos en platillos voladores y marcianos en aquel momento. Pero el fenómeno ovni gusta presentarse ante los incrédulos y los distraídos: el padre de familia miró hacia arriba, presenciando en alquel momento una formación de tres luces en forma de triángulo, desplazándose lentamente por el cielo nocturno. Sin pensarlo dos veces, el chofer detuvo su vehículo para sacar varias fotos borrosas de las luces, que fueron presentadas posteriormente al mando de la USAF en la base conjunta McGuire-Dix-Lakehurst, a treinta millas de lugar de los hechos. Los militares se cruzaron de brazos. No tenían ni la más remota idea de lo que pudiese ser 'aquello'.

La sargento Russell, portavoz de la base, se limitó a decir: "No se puede deducir mucho de las fotos. No nos fue posible opinar".

Desde los primeros dias de la ovnilogía se da la circunstancia de que los motoristas suelen figurar de manera prominente no solo en los avistamientos de objetos voladores no identificados, sino muchos otros fenómenos por igual.

El 10 de Junio del 2005 a las 10:00 a.m., Catherine R. conducía a lo largo de una carretera rural en las afueras de Bundaberg, (Queensland, Australia) cuando vio una extraña criatura incorporada en un prado al lado de la carretera. Mientras que conducía entre matorrales por espacio de noventa minutos, la tesitigo afirmó que “pudo ver por su ventanilla una figura grande y oscura de unos 7 a 8 pies de estatura”. Catherine dijo que la figura “tenía la forma de un hombre pero que era mucho más musculosa, con hombros anchos y el torso de una deidad. No se asemejaba a nada que había visto antes. Era de color oscuro y escamoso. Su color era cenizo, como el de un insecto. Soy una mujer de 22 años de edad y sentí mucho miedo, puesto que me miraba fijamente. Me sentí sumamente incómoda y en shock, y hundí el acelerador hasta el piso. Estaba conduciendo a 100 kmh cuando lo vi y me alejé a 120 kmn. Jamás había visto nada tan extraño”.

Los lectores de temas paranormales están acostumbrados a leer sobre incidentes en Irlanda, por ejemplo, en dónde las cuadrillas de construcción de caminos se niegan a proseguir sus labores si se topan con algún montículo que pueda servir de morada a los duendes. No podemos decir lo mismo de EE.UU., en donde se construyó la carretera estatal 17 (que cruza el estado de Nueva York de este a oeste, conocida hoy como la Interestatal 86) sobre un extenso corredor conocido como the witches' walk ("el paseo de las brujas") por la tribu seneca, creándose así un pasadizo natural para los espectadores de fenómenos paranormales.

Así fué que durante la "década heróica" del fenómeno ovni en el estado de Nueva York--los Setenta--la actividad se concentró sobre los territorios de la tribu seneca. En la noche del 26 de octubre de 1973, los vecinos de los pueblos de Alfred, Angelica y Wellesville (poblaciones situadas en ambos lados del "paseo de las brujas") quedaron atónitos al presenciar un alucinante despliegue de enigmáticas luces voladoras y el paso de un extraño objeto de configuración triangular sobre las vaquerías de la región. Miembros de la policía local figuraron entre los testigos.

El 20 de marzo de 1978, la policía de la ciudad de Salamanca, Nueva York, recibió decenas de llamadas entre las 23:00 y las 01:00 horas sobre un extraño objeto volador del tamaño de dos campos de fútbol americano, rectangular y repleto de luces rojas, blancas y verdes que se desplazó en silencio total sobre la reservación y de ahí hacia Ellicotville, donde los radaristas del aeropuerto local dijeron no haber visto nada en sus pantallas. Los periódicos regionales achacaron el incidente a la premiere de Close Encounters of the Third Kind pocos meses antes--a pesar de que un policía local había logrado tomar fotografías del fenómeno nocturno...

Los nativos insistieron que las misteriosas luces y fenómenos eran el resultado no tan sólo de la construcción de la carretera, sino de un atentado aún peor contra la naturaleza: la construcción de la represa Kinzua en 1960, obra que conllevó la inundación de vastas zonas de terreno consideradas como sagradas por los seneca por incluir no sólo la tumba del jefe Cornplanter, sino las entradas a las moradas de los célebres "Djogaos" y el hábitat natural de High Hat ("Sombrero de Copa"), una criatura emparaentada con los yeti o Bigfoot. Durante la construcción de la represa, los obreros tanto blancos como nativos dijeron haber visto esta criatura mirándolos desde la orilla del recién creado pantano durante el alba y el atardecer. La configuración craneal de la criatura hizo recordar a los trabajadores al sombrero de copa llevado por el presidente Lincoln, quienes se preguntaban en tonos jocosos si "alguien habia visto a Abe Lincoln."

En tierras donde lo sobrenatural está a flor de piel, los sabios prefieren no mencionar lo paranormal y mucho menos los OVNI. Para los seneca, así como para muchas tribus del noreste y hasta de las grandes tribus de suroeste (navajos, hopis, apaches) lo que el hombre blanco ignorantemente llama OVNI y que persigue con tanto afán es en realidad un poder que mata y se conoce con varios nombres de acuerdo a la tribu: el término más comunmene utilizado es Mok-wa-mosa, traducido al inglés como skinwalker ("caminante en pieles" o "trotapieles").

Uno de los mayores temores de los nativos es ir caminando por los bosques de noche y ver una luz brillante entre los árboles y a menudo rozando las copas de estos--señal segura de que algún hechicero o persona con el don de asumir la forma y poderes de un oso va hacia un lugar en específico para causar el mal a sus enemigos. Las descripciones varían de tribu en tribu: algunos dicen que el "trotapieles" no se muda de cuerpos como el hombre-lobo, sino que simplemente se hecha la piel del oso encima y asume sus poderes, mientras que otros afirman haber visto enormes osos, rodados en potentes auras de luz, caminando en dos patas.

Los autores Joanne Teller y Norman Blackwater, ambos pertenecientes a la tribu navajo en el suroeste de los EE.UU., escribieron un libro titulado The Navajo Skinwalker, Witchcraft and Related Phenomena (Infinity Horn, 1996) que detalla el alucinante auge de "trotapieles" entre dicha tribu. Teller y Blackwater expresan que uno de los motivos detrás de su libro es alertar a las demás tribus nativas del país sobre este fenómeno.

Según las tradiciones, los "trotapieles" entran en dicho estado para vengarse de sus vecinos indigenas y nunca contra los blancos, ya que curiosamente, la magia nativa no surte efecto contra ellos. Se dice que el "trotapieles" debe matar una persona al año para evitar que sus enormes poderes se le vayan en contra y lo destruyan. Las reglas que gobiernan sus andanzas son precisas-- solo pueden "trotar" entre las 21:00 hrs. y las 03:00 hrs.; su base de operaciones puede ser una vivienda o guarida oculta; sólo pueden acercarse a las casas de sus vecinos desde el oeste, y dicha actividad sólo puede realizarse cada 3 ó 4 días.

El lector puede pensar que no existe conexión alguna entre estas creencias y el fenómeno OVNI, pero existen varios casos bien investigados por la ufología que bien pueden estar vinculados con la magia de los "trotapieles". Sin alejarnos demasiado del tema, vale la pena examinarlos.

Motoristas a merced de los ovnis

A modo de observación, resulta curioso que esta intensa actividad anómala se veía reflejada--aunque con diferencias un tanto significativas--en otros países. El autor Sebastián Robiou, comentando la casuísitica OVNI del Caribe en su libro Manifiesto OVNI, apunta que desde "mediados de diciembre de 1972 hasta finales de abril de 1973 nadie reportó un avistamiento en toda la República Dominicana [...] En Puerto Rico, excepto un extraño accidente de una avioneta [...] pasó otro tanto desde finales de octubre de 1972 hasta finales de septiembre de 1973. ¡Once meses de preparación de la nueva tormenta!".



A mediados de agosto del "año del humanoide", dos jóvenes puertorriqueños tendrían un encuento con lo desconocido mientras que conducían entre los pueblos de Sábana Grande y Maricao en el suroeste de la isla. Dispuestos a ir a un baile, lo menos en lo que pensaban los dos amigos eran "marcianadas" -- sin emabrgo, se dieron cuenta de una luz sobre una montaña cercana que pensaron provenía de un farol. Sin emabrgo al acercarse, se dieron cuenta que la luz aumentaba de dimensiones.

El chofer, Antonio Jusín, decidió encender las luces largas del automóvil para ver mejor. Lo que tomaron por "farol" se aumentó su brillantez exponencialmente, inundando los alrederdores de una luminosidad extraña. El objeto pasó por entonces sobre los jóvenes antes de desaparecer.

El inesperado destello de luz acabó fundiendo la circuitería del vehículo, dejando inservible la batería, el alternador, el radio y el tocacintas. Ni decir tiene que Jusín y su amigo nunca llegaron a la ansiada fiesta.

Corria el mes de junio de 1965 cuando Jeff Marx y tres pasajeros – su mejor amigo Alan Lindley y las respectivas novias de ambos, Mary y Lily – conducían por los caminos del municipio de Cranberry al norte de la ciudad de Pittsburgh. Paseando en un descapotable blanco para disfrutar de la cálida y agradable noche una semana

después de haberse graduado de la high school y con el panorama del futuro ante ellos, ninguno de los cuatro podía imaginar en aquel momento – dominado por canciones de los Beach Boys y el eco de una guerra lejana en el sudeste de Asia –que una fuerza desconocida estaba a punto de irrumpir en sus vidas.

“En aquel momento”, me dice Jeff Marx durante la entrevista, “tuve un descapotable que juega un papel principal en este avistamiento. Lo que muchos considerarían como la prueba de lo sucedido”.

Esa noche, recuerda Marx, había pasado a recoger a sus amigos y se fueron juntos a jugar golf miniatura, y de ahí a comer pizza. Como era tarde, y las chicas tenían que regresar a sus casas antes de la medianoche, los cuatro decidieron emprender el camino de regreso a sus hogares. Sin embargo, Alan le pidió que diesen un paseo por los caminos rurales para que pudiesen disfrutar de una botella de cerveza que había traído consigo. “Iba en dirección norte a lo largo de la Carretera 19 e hice un viraje a la derecha para entrar en el camino Freedom-Cryder Road. En 1965 se trataba de una zona rural, con granjas al final del camino hacia el poblado de Freedom. Realizamos ese viraje entre diez y veinticinco minutos después de las diez de la noche”.

Mientras que el descapotable recorría los caminos rurales, Alan le pidió a Jeff que detuviese la marcha, porque estaba sucediendo algo sumamente extraño. “Aquella luz nos viene siguiendo desde hace algún tiempo”, explicó su amigo, agregando una vez detenidos en la cuneta: “Esa luz allá arriba. Se nos acerca demasiado y no puedo escuchar ningún sonido”.

Un tanto nervioso, como si el recuerdo vivo del suceso le espantase cuarenta años después, Marx explica que tampoco le fue posible escuchar sonido alguno, aunque las dimensiones de aquella luz en el cielo negro parecía ir en aumento a la par que se les acercaba. “Decidimos salir de ahí, pero el motor se negaba a arrancar. Salimos del automóvil saltando y corrimos al otro lado de la carretera para refugiarnos bajo un árbol caído que estaba en un campo. A estas alturas el objeto se encontraba directamente sobre el automóvil, iluminando la zona. A pesar de la oscuridad que reinaba, me era posible ver mi vehículo sin problemas. Alan manifestó que el objeto le recordaba a la forma de una lágrima, mientras a mí me parecía un cono de helados, pero invertido”.

Marx se maravilla de un aspecto específico del objeto desconocido: “Era de color blanco, un blanco ardiente, muy brillante, más brillante que cualquier cosa que haya visto yo en mi vida. Se oscilaba y se balanceaba de un lado a otro. Sentía ganas de poder verlo mejor, y me incorporé para mirarlo. Fue entonces que sentí una oleada de calor contra mi rostro”.

Sus pasajeros claramente no compartían la sensación de curiosidad: Mary estaba al borde de la histeria, gritando que todos iban a morir; Alan y Lily tuvieron que arrastrar a Jeff para ocultarlo nuevamente bajo la supuesta seguridad del tronco caído después de su intento por examinar el fenómeno mas detenidamente. “Mary estaba sumamente turbada”, añade Marx en este punto. “El evento verdaderamente le hizo enloquecer”.

Un plazo de tiempo que parecía ser una hora completa transcurrió antes de que el centellante objeto completase su inspección del vehículo estacionado en la cuneta. El aparato se alejó flotando del automóvil, moviéndose hacia arriba y adquiriendo velocidad, despareciendo de vista en cuestión de segundos. Marx recuerda que el objeto adquirió matices escarlatas antes de desaparecer.

“El incidente nos dejó bastante conmocionados”, declara Marx. “Otro automóvil se acercó en el sentido contrario en la misma carretera, deteniéndose al lado de mi vehículo para mirarlo antes de alejarse a toda velocidad. No sé si se trataría acaso de un testigo de lo sucedido, pero después de echarle un vistazo al automóvil, el individuo no demoró en alejarse lo más pronto posible”.

Regresando al vehículo, los adolescentes trataron de abrirá las puertas, descubriendo en aquel momento que las asideras se encontraban sumamente calientes. Una vez sentadas, las chicas comentaron que el asiento posterior estaba casi igual de caliente. Un calor parecido emanaba del salpicadero y del volante. “La franja de cromo que rodeaba en parabrisas estaba tan caliente que no me era posible tocarlo sin quemarme la mano”.

El descapotable de marca Impala arrancó sin incidentes y los cuatro testigos al inusual fenómeno luminoso regresaron a sus casas en silencio. “Alan y yo llevamos a nuestras novias a sus hogares. Nos dijeron que jamás querían volver a saber del asunto y que lo mejor sería que no le dijésemos nada a nadie, puesto que nadie iba a creer a cuatro adolescentes cuyos alientos olían a alcohol”, explica Marx. “Mary dijo que jamás quería hablar del asunto, que no había sucedido en lo que respectaba a ella, y que si se le ocurría a alguien decir algo, negaría de plano haber estado ahí”.

Al contrario, Marx y su amigo Alan Lindley hablaron largo y tendido sobre el incidente, pensando cuál pudo haber sido el origen de aquella extraña luz. Alan no vaciló en pensar que pudo haber sido “algo de otro mundo”, pero hasta el sol de hoy, Jeff Marx no tiene ni idea ni explicación sobre la naturaleza del intruso luminoso.


Aberraciones del tiempo/espacio

Los casos contemporaneos relacionados con las desaparaciones misteriosas por lo general no tienen que ver con individuos que tratan de esfumarse ante los ojos de sus contemporaneos por alguna u otra razón. Sus desapariciones son, por lo general, repentinas e inesperadas, ocurriendo de dia o de noche, y en algunas ocasiones resultando en la desaparición del vehiculo que les transportaba.

En 1941, un equipo de rescate suizo recibió la orden de emprender la busqueda de algunos alpinistas que no habian regresado a su campamento. Tras de varios dias, la misión de rescate encontró las huellas de los alpinistas, que se desaparecian abruptamente en medio de un glaciar. En este caso, las autoridades dictaminaron que "se trataba de una desaparción cuyas circunstancias resultaban dificiles de determinar con certeza, debido a la naturaleza de los hechos."

Ciertos lugares en nuestro mundo han adquirido fama como sitios en donde las desapariciones humanas no son nada fuera de lo comun. Algunos de ellos, como el mal-llamado "Triangulo de las Bermudas" en el Atlantico, el "Triangulo del Diablo" en el Japón, o el "Triangulo de los Grandes Lagos" en Canada han formado parte del canon de lo paranormal durante mas de 30 años. Pero en mayor grado que las aguas del mundo, las montañas a menudo desempeñan el papel de lugares de desaparición. En las tradiciones griegas antiguas, los viajeros que se acercaban demasiado a los montes Parnaso y Olimpo corrian el peligro de desaparecer para siempre. La montaña de El Yunque en Puerto Rico, el monte Glastonbury en Nueva Hampshire (EUA) y el monte Inyangani en el este de ZimbabueE

El escenario, en algunas ocasiones, no es ni lejano ni exótico: puede tratarse de una carretera en un sitio despoblado, tiempo lluvioso, un automovilista cansado con muchos kilómetros por recorrer. De repente hay alguien en la cuneta, haciendo ademanes comunes a los que practican en “auto-stop” (el famoso hitchhiking estadounidense). Sorprendido, el chofer detiene la marcha para permitir la subida de un desconocido o desconocida a su vehículo. Entablan una conversación muy amena, o en otras ocasiones el viaje sigue en un silencio total. Algunas veces el pasajero misterioso pide abruptamente la bajada en un punto de la carretera; en otras, el chofer deposita al hombre o mujer frente a algún edificio o casa. El viaje prosigue sin novedades.

No es sino hasta algún tiempo después que el chofer se entera por amistades – o por haber concertado una cita, en algunos casos – que la persona que recogió en la carretera había muerto tiempo atrás, y que aquel cuerpo que ocupó el asiento a su lado (y que abrió y cerró la puerta por sus propios medios) no era más que una manifestación sobrenatural. El azoro del chofer es total, y la anécdota pasa a formar parte de algún recopilatorio de casos de fantasmas o de alta extrañeza de los que se han publicado a granel en las últimas décadas.

El parapsicólogo intenta explicar estas aberraciones como desdoblamientos del inconsciente o proyecciones del ánima o del ánimus (si el chofer es mujer); el cazafantasmas se aventura a opinar que alguien murió en determinado sitio en la carretera y que esa energía residual insiste en completar el viaje de regreso a casa; el escéptico le echa la culpa a conducir con el estómago vacío o los tragos demás que lleva el chofer adentro, aunque el testigo sea abstemio empedernido.

Se nos hace más difícil explicar, sin embargo, aquellos casos en que el chofer va acompañado y no hay autostopistas por ninguna parte (o nadie pidiendo aventón, para los lectores mexicanos). El automóvil y sus tripulantes, en plena posesión de sus facultades, llegan a un sitio en el que la realidad se torna irreal y la locura amenaza a los testigos, como en una novela de horror que se consiguen en los kioscos de cualquier aeropuerto. De hecho, ¿qué otra posibilidad nos queda, cuando llegamos a un sitio que no existe?

En 1971, Donald Weather tenía 17 años y aún le faltaba un año para graduarse de la escuela superior. Acompañado por dos amigos, decidió ir a ver una ceremonia nativoamericana (pow-wow) en la población de Linesville, Pennsylvania, cerca del lago Pymatuning. Se desplazaron por una autopista moderna -- la interestatal 80-- hasta llegar a una salida que, según el mapa de comunicaciones que llevaban consigo, les conduciría a la vera del lago y a la ceremonia en cuestión.

Pero todo comenzó a irles mal desde el momento en que llegaron a la salida de la autopista, perdiéndose en una serie de caminos rurales en la oscuridad (Weather indica su experiencia se produjo entre las 22:30 y 23:00 horas). Al igual que en el caso del ingeniero británico y su cafetín fantasmal, los jóvenes habían salido de la ciudad de Columbus (Ohio) sin haber cenado. En este momento les importaba más llegar a un restaurante que ver una ceremonia indígena.

“De repente”, indica Weather en su escrito para el boletín de la Mid-Ohio UFO Associates (MORA), “hicimos un viraje a la derecha y no habíamos transcurrido más de media milla cuando una oscuridad absoluta nos envolvió”.

La descripción que ofrece el testigo sobre la oscuridad en la que tanto él y sus amigos se vieron sumidos es inquietante: “La oscuridad tenía cierta riqueza, casi podría decirse un espesor, como si nos hubiésemos internado en el corazón de un túnel hecho de pudín de chocolate del que no se escapaba ni la luz. Antes había sido pura oscuridad nocturna – ahora era la oscuridad absoluta propia de las cavernas en la que no puede entrar la luz [...]. El incidente era tan singular que todos nos quedamos callados, si no me falla la memoria. Era como si anticipáramos que algo iba a suceder”.

Weather y sus amigos, presos de la oscuridad total que arropaba el camino vecinal, no sintieron el pánico que esperaríamos en una situación de tal magnitud. El tiempo parecía no haberse detenido, sino carecido de importancia alguna en este extraño vórtice. La negrura total se vio sustituida por la oscuridad de una noche en la ruralía estadounidense.

Los adolescentes comenzaron a ver objetos normales pero que guardaban cierta extrañeza: a cada lado de la calle podían ver los postes del tendido eléctrico, pero más antiguos, indicando que habían entrado en una comunidad. “De todas las cosas raras que vimos a continuación, no puedo decir quien fue el primero en darse cuenta, pero gradualmente, todos descubrimos que no todo estaba bien en este extraño poblado”.

Lo que más impactó a los jóvenes en el automóvil fue el cine del poblado, afuera de cuyas puertas había grupos de adolescentes aparentemente esperando la próxima función, aunque todos iban vestidos a la usanza de la década de 1950 – chicas con faldas acampanadas y tobilleras, chicos de cabello engominado y chaquetas que reflejaban el nombre de su escuela. Más sorprendente aún es que la película que estaba por ver era The Blob, el gran clásico de la ciencia-ficción, que estrenó en 1958.

Weather y sus amigos no daban crédito a lo que estaban viendo. “Todos miramos a la izquierda, conduciendo lentamente, sin poder creer lo que estábamos viendo.”

Lo singular de este caso anecdótico es que los visitantes de otro tiempo eran, por lo visto, claramente visibles a los adolescentes de la década del rock-and-roll. “Mientras que mirábamos a los adolescentes frente al cine, nos fijamos en que ellos también nos miraban y hacían señas, apuntando con sus dedos y con un asombro total dibujado en sus rostros. Luego percibimos automóvils de aquella época, los grandes y redondos, pero parecían totalmente nuevos. En este momento Ray (el chico que conducía el vehículo) comenzó a preguntar en voz alta si el detenerse en esta población para comer algo era una buena idea. Entonces vimos un coche patrulla de los años cincuenta, con las luces rojas en el techo...eso hizo que saliéramos disparados de ahí”.

Tristemente para nosotros, el relato concluye ahí. Donald Weather no nos indica el momento en que él y sus amigos abandonaron la pseudorrealidad de 1950 y volvieron a su tiempo (1971) o si al salir de aquella población fantasma les fue necesario internarse de nuevo en la zona de oscuridad absoluta.





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