El Caso Pascagoula
Por Scott
Corrales, Inexplicata/Arcana Mundi
© 2012
No fue sino hasta
1975 que vine a tener conocimiento del famoso “caso Pascagoula” – el secuestro
de dos pescadores, Calvin Parker y Charles Hickson, de un muelle en el
transitado puerto de Pascagoula, Missouri, en el sur de los Estados Unidos y en
aguas del Golfo de México. El furor nacional creado por el caso (y que
introduciría a Carl Sagan a un público televisivo de millones) ya había
mermado, pero había sucedido algo mejor: el matrimonio de Ralph y Judy Blum,
periodistas ambos, había publicado su libro “Beyond Earth” que ampliaría todos
los detalles del caso. Libro que aún ocupa un lugar de honor en mi biblioteca.
Desde hace varios
años, Travis Walton, el protagonista de otro supuesto secuestro en las afueras
de Snowflake, Arizona, viene dictando conferencias en todas partes del mundo,
manteniendo vivo el recuerdo de su odisea. Pero el caso Pascagoula es uno de
los más inquietantes, tal vez el hecho de que uno de los protagonistas se negó
rotundamente a abordar su experiencia debido al traumatismo que experimentó
después del evento, con secuelas que subsisten cuarenta años después.
Una noche
tranquila en el sur de EE.UU.
El 11 de octubre
de 1973, Hickson y Parker decidieron irse de pesca desde uno del muelle de uno
del astillero Shaupeter, estructura abandonada a las orillas del río
Pascagoula, cuando escucharon un zumbido inusual, y más porque era emitido por
un objeto “con forma de pelota de fútbol americano” sin remaches y de más de
quince metros de largo que pasaría a descender a varias docenas de metros de
los atónitos espectadores sobre una masa de coches abandonados, equipo en
desuso y escombros. Como si de una película de ciencia-ficción se tratara, una
especie de portezuela se abrió en el objeto para permitir la salida de tres
seres extraordinarios – y un tanto espeluznantes – que dirigieron hacia Hickson
y Parker, flotando en el aire.
Hickson se había
desempeñado como jefe de obras en el astillero Walker & Sons por más de un
año antes de producirse el incidente. Tenía cuarenta y dos años al momento de
producrise el encuentro con lo desconocido, y era considerado como un hombre
digno de fiar y sumamente mesurado. Calvin Parker tenía apenas diecinueve años
de edad y era hijo de unos amigos de familia de Hickson, quien le había
conseguido empleo en el astillero.
Los seres, según
la descripción ofrecida por los testigos, tenían piel gris y arrugada, patas
como las de un elefante, brazos que acababan en pinzas y sin rostro aparente aparte
de protuberancias que ocupaban el lugar donde se encontrarían las orejas y la
nariz de un ser humano. Dos de estos seres se colocaron a cada lado de Hickson,
tomándolo de los brazos e impartiéndole una sensación de electricidad que le
hizo sentir una parálisis inmediata. Parker, incapaz de absorber la experiencia
que estaba viviendo, se había desmayado, y el tercer personaje lo sostenía. En
este momento, Charles Hickson no sabía si estos seres tenían pensado matarlos o
llevárselos para siempre.

Bajo el poder de
estos seres, los dos pescadores fueron trasladados al interior de la nave,
donde fueron sometidos a una especie de examen físico realizado por un gran
“ojo” que se desplazaba en el aire sobre su cuerpo, que flotaba en el aire. “No
hay otra forma para describirlo”, aseveraría Hickson durante entrevistas
posteriores. “Parecía un ojo. Un ojo muy grande, con una especie de conexión.
Un ojo muy pero que muy grande. y recorrió muy cuerpo. Luego me dejaron ir”.
Hickson trató de pedirle a los seres que no se
lo llevaran a otro planeta, pero no podía mover los labios. Dentro de poco,
sintió que los seres lo transportaban al exterior de la nave. Una vez fuera,
las criaturas lo soltaron y Hickson cayó de bruces, incapaz de hacer uso de sus
piernas. En ese momento, sin embargo, pudo ver que el joven Calvin Parker ya
estaba afuera, de pie pero con los brazos extendidos como un sonámbulo y en un
estado de shock total.
El objeto comenzó
a emitir el zumbido que había anunciado su llegada y a pesar de su mal estado,
Charles Hickson alcanzó a ver que ahora emitía destellos azulados antes de
desaparecer; también llegaría a escuchar una voz en su cabeza que le decía:
“Somos apacibles. No era nuestra intención lastimarte”.
Profundamente
afectados por la experiencia, Hickson (cuyas piernas le funcionaban a esta
altura) y Parker lograron meterse en su coche, haciendo lo posible por calmar
sus crispados nervios por casi una hora. Una botella de whisky que llevaban
consigo les ayudó a calmarse mientras que pensaban en lo que iban a hacer –
aunque valerse de este remedio les acarrearía más problemas a la postre.
Los pescadores
decidieron salir del astillero abandonado y dirigirse al primer teléfono
público que pudiesen hallar en la carretera. Insertando una moneda temblorosamente
en la ranura, Hickson logro que la operadora le conectara con la base Kessler
de la Fuerza Aérea, a sesenta kilómetros al oeste de Pascagoula. L declararon
tajantemente que su rama del servicio militar no se dedicaba a los ovnis, y que
lo correcto era llamar a la oficina del comisario local. Sin otro remedio, los
pescadores fueron en persona a la oficina del comisario del condado de Jackson,
trayendo consigo los bagres que habían sacado del río para constatar su
experiencia.
El comisario Fred
Diamond, detectando la presencia de alcohol en el aliento de los dos
pescadores, no dudó a probarlos con el alcoholímetro, posteriormente dejándolos
solos (con una grabadora encendida, a sabiendas de los testigos) para ver si se
delataban. Pero al contrario de lo que se podría esperarse de unos
confabulados, la grabación solo captó la desesperación de dos personas que
habían tenido una experiencia totalmente desconocida. Una de las expresiones
vertidas por Hickson y captadas por el magnetófono ha pasado a convertirse en
un clásico de la ufología: “No nos van a creer. Lo creerán un día de estos. Tal
vez sea demasiado tarde. Siempre pensé que había gente de otros mundos allá
arriba. Siempre lo supe. Pero nunca pensé que me sucedería a mí...”
Por su parte, el
nervioso Calvin Parker comparaba la forma en que se le habían congelado los
brazos como “haber pisado una serpiente de cascabel”.
Se nos hace
difícil imaginar la clase de noche que habrán pasado ambos hombres en sus
respectivos hogares, pero el hecho es que se personaron a su trabajo en el
Astillero Walker y no hablaron del asunto con nadie. Pero recibieron una
llamada del comisario, conminándolos a ir enseguida la comisaría, que estaba
abarrotada de reporteros que se habían enterado del asunto. El propietario del
astillero les aconsejó conseguir un abogado, recomendando a su cuñado, el
licenciado Joe Colingo. Ahora con representación legal, los pescadores pidieron
al comisario Diamond dos cosas: que les sometiera al detector de mentiras y un
análisis para comprobar que no habían absorbido cantidades excesivas de
radiación durante el secuestro.
El abogado
Colingo y uno de los alguaciles trasladaron a los protagonistas del secuestro a
la base Kessler, donde médicos de la Fuerza Aérea les sometieron a un examen
médico total para determinar si ambos habían sido irradiados. Aquí se produjo
un detalle interesante: el funcionario de inteligencia militar se interesó en
el caso y procedió a interrogarlos sin dar mucha importancia en los pormenores
de la experiencia hasta que Hickson mencionó que los “ovninautas” tenían “manos
como garras”. Esto hizo que el interrogador, y un coronel que estaba presente
durante el proceso, intercambiaran miradas.
La realidad
sencilla que hasta entonces habían conocido los dos pescadores de Mississippi
había cambiado para siempre. Además de los cientos de periodistas que se dieron
cita en Pascagoula, las grandes organizaciones ovnilógicas del momento
comenzaron a darse cita en el pueblo. James Harder de la APRO y J. Allen Hynek
tomaron cartas en el asunto, y el primero trató de hipnotizar a los testigos
infructuosamente. Calvin Parker acabaría hospitalizado con una crisis nerviosa
a raíz de la atención prestada al caso.